La Onza 120 km

Bueno. No sé por qué insisto en seguir, una vez más, a la máxima expresión de la estupidez humana. 120 km a tope por senderos relativamente técnicos con el objetivo de probar ante el mundo, en términos abstractos, claro, que soy un chingón ¿es neta? Jaja, es estúpido. Hasta un niño puede darse cuenta de eso. Todo en mi cuerpo me decía -¿Qué pedo, cabrón?- Fuera de broma, o no, ya sabía que era medio impredecible cómo me sentiría por la gripa de hace unos días. Hay personas sobre normales que se recuperan al 100 y pueden estar como si nada durante la competencia, hasta les va mejor por el boost de la recuperación, al parecer ese no es mi caso.


A pesar de lo escrito, o más bien, para honrar lo escrito, hice una digna primera vuelta (de 3) en dónde se veía posible acceder a un podium repleto de pros muy profesionales (Ulloa, Iván, La Liebre etc). El podio en la bici de montaña se conforma con los primeros 5, así que iba digamos, peleando ese 5to. Algo por el estilo, pues.


Luego luego arrancando la 2da vuelta, ¡Calambres! Pero de esos que te dan en el femoral y en el muslo al mismo tiempo, no manches. No sabes si pedalear en reversa o en sentido inverso, que es lo mismo. No soy de los que se detienen durante el calambre porque desde mi experiencia, eso solo lo empeora. Moví las piernas como rehilete y el dolor fue bajando. Nunca desaparece realmente, pero se controla. Amo los calambres. Grandioso.


Decidí continuar “esforzándome” pero mi corazón me dijo -nel, caon. Te jodes y te vas a 170 (pulsaciones por minuto AKA ppm)- (cuando mi ritmo de competencia es como 180-185 ppm). Luego me aplicó la misma pero me la bajó a 160 ppm.
Terminé esa segunda vuelta y tomé la muy sabia decisión de hacer una 3ra vuelta disfrutando más que compitiendo. ¡Ah! Grandioso. Disfrutar ese proceso y sonreir genuinamente cuando ya tienes 80 km en el cuerpo y te duele todo, bien ahí, carnal (me digo ahora a mí mismo)
Me llovió de lo lindo y lo curioso es que fue mi momento favorito de toda la compe. Pero una buena lluvia de bosque con ríos a diestra y siniestra, un espectáculo vaya. Nada como una cascada de agua cayendo sobre mis piernas y empapando cada cm de mi cuerpo y bicicleta. Por esos momentos vivo. La lluvia se agradece aunque implique que el camino y el río se hagan uno. Litros de agua y lodo, con lo mucho que me encanta comer tierra.


Llegué como chingosmil minutos atrás de Ulloa e Iván (1 y 2 respectivamente). Pero terminé. Con una gran sonrisa de estúpido, porque eso es lo que finalmente soy al estar aquí. Pero felizmente estúpido y eso es lo único que importa. Que a pesar de que no tiene absolutamente ningún sentido esto, me hace feliz. Agradecimiento especial a Cetto que se rifó en los abastos.